La noche sin electricidad – Crónica imaginada de una Comunidad Cristiana
La luz se fue sin aviso. Cuando prendimos una radio vieja que teníamos guardada, supimos que hay quienes dicen que fue en varios países, pero no tenemos idea de qué tan cierto sea eso.
Primero fue un parpadeo breve, luego se fue completamente, y hubo un silencio extraño. Algunos de nosotros estábamos terminan de cocinar, justamente -y Gracias a Dios porque cocinar en penumbras es engorroso-, otros estaban limpiando algunas cosas en la vieja bodega de madera, y otros más, organizando a los niños.
Creímos que era momentáneo, pero tiempo después de que llegó la obscuridad -cuando nuestros ojos comenzaron a acostumbrarse-, nos dio la sensación de que esto no era algo pasajero.
En la ciudad, miles de pantallas murieron al mismo tiempo -decían en la radio-. Por supuesto que, cientos de miles de refrigeradores se apagaron. Los semáforos quedaron en rojo permanente -si es que funcionaban porque la mayoría estaban apagados-, y las torres de señal dejaron de funcionar en el aeropuerto -lo cual suponía que sería una noche agitada-.
Fue difícil de imaginar cómo estaba siendo allá afuera.
Pero en la casa donde vivimos juntos, nadie corrió. Alguien dijo desde la cocina: -Parece que se fue la luz.
Y fue todo.
La primera hora
Las velas aparecieron en la bodega. Una de las niñas preguntó: —¿Y volverá?, aunque nadie respondió de inmediato.
No teníamos miedo. Era, mejor entendido, porque no lo sabíamos. Y uno de los que estaban en la bodega fue justo lo que dijo: – Bueno, no lo sabemos y está bien no saber… Si nos ponemos a pensar cuánto tardará nos vamos a volver locos.
Todos reímos con eso.
La casa empezó a oler a cera caliente y a sopa que estaba siendo servida en los platos, allá en la cocina. Nos sentamos alrededor de la mesa, como casi todas las noches. Nos tomamos de las manos, oramos y dimos gracias por los alimentos, como solemos hacer. La diferencia era que ahora la luz venía de pequeñas llamas que se movían con el aire.
De alguna manera nos vino bien. Necesitábamos de pronto ese sentido de hogar cálido.
Alguien dijo en voz baja, mientras comenzábamos a cenar: —El mundo debe estar entrando en pánico. Otro respondió: —Probablemente.
Luego seguimos comiendo y contamos historias que nunca habíamos oído antes sobre algunos de nosotros.
La segunda hora
Un vecino tocó la puerta, y traía una linterna. Cuando abrimos, vimos que también venía con una pregunta: —¿También se les fue?
-Sí. – Le dijimos. Y se quedó.
No lo invitamos formalmente. Tampoco nos incomodó. Simplemente se quedó, y nosotros seguimos, ahora con él incluído.
Y es que, así funcionan las casas cuando la puerta está siempre abierta.
La tercer hora
Los teléfonos seguían sin señal. Intentamos una vez más, por curiosidad. Uno, incluso, levantó uno de los dispositivos hacia la ventana, como si eso pudiera ayudar.
Y nada.
Ni barras, ni mensajes, ni ese pequeño símbolo de conexión al que estamos tan acostumbrados. Solo un rectángulo reflejando la luz de las velas.
Luego miramos desde el patio hacia la ciudad, y lo que vimos fue sorprendente.
La ciudad, que siempre hablaba demasiado, ahora estaba en silencio. La ciudad de las miles de tendencias ya no tenía notificaciones. La ciudad de las millones de pantallas no tenía ahora noticias. Y por primera vez en mucho tiempo, no había expertos explicando lo que ocurría.
Nadie diciendo si esto duraría minutos, horas o semanas. Incluso la radio estaba redundando y evadiendo dar respuestas claras.
De pronto, uno de nosotros, notó que a lo lejos empezaron a escucharse otros sonidos: – Hey! Chsss! Oigan…- dijo y entonces todos nos quedamos en espera de ver u oír algo.
Increíblemente escuchábamos un par de sirenas. Otros dijeron haber oído gritos. Uno de los niños dijo que se escuchaban como portones que se azotaban una y otra vez.
Apagamos la radio cuando comenzaron a informar que algunos autos -intentando avanzar en calles donde los semáforos habían muerto-, habían sido parte de diversos accidentes por todo el norte de la ciudad.
Desde la ventana del segundo piso se veía parte de la avenida principal del sur. Normalmente, a esa hora, era un río de luces rojas y blancas, pantallas gigantes -de todos los espectaculares- encendidas, centros comerciales abiertos.
Pero ahora, era otra cosa. Un paisaje oscuro… casi irreal.
Nos costó creer lo que veíamos. ¿Cómo fue que en tan sólo 3 horas había tanto miedo en la ciudad? Pero claro, no era un apagón normal. Esta vez nadie tenía acceso a nada, y todos vivían dependiendo del acceso a todo el sistema.
Un costo que nadie calcula hasta que te lo cobran.
La ciudad parecía estar buscando desesperadamente a quién preguntarle qué hacer, porque el sistema dice que siempre tiene respuestas. Y para ellas, siempre tiene gráficos o siempre tiene expertos.
Pero esta noche no. Esta noche el sistema también estaba a oscuras.
Y entonces, alguien en el patio dijo en voz baja: —Debe haber ocurrido algo grande… Esto no es normal.
Nadie respondió enseguida, porque todos pensábamos lo mismo. En la casa… la atmósfera era distinta.
Lo que sobró de la sopa seguía caliente en la olla, las velas seguían encendidas adentro y algunos de los niños nos hacían preguntas.
Una de las niñas, allá adentro, miró por la ventana y dijo: —¡Se ven más estrellas!
Y era verdad… Aquellas noches fueron parte de un tiempo de nuestra vida que jamás vamos a olvidar.
Sin el resplandor constante de la ciudad, el cielo se había abierto como un libro antiguo, contando miles de cosas que habían ocurrido antes. Constelaciones que casi nunca vemos ahora estaban ahí. Tan tranquilas y silenciosas.
Durante unos minutos nadie habló. La ciudad y nosotros, parecía contener la respiración… O tal vez estábamos muy enfocados en el cielo.
Yo me animé a hablar y les dije: -Apocalipsis es una palabra que muchas veces se entiende mal. Casi siempre pensamos en destrucción. Pero en realidad significa revelación… Y aunque estos tiempos son cada vez más extraños y obscuros, también están revelando muchas cosas.
Quiero decir, que una ciudad entera pueda perder la calma, de esta manera, cuando se apagan las pantallas. Y que una pequeña casa con una mesa, pan compartido y unas cuantas velas…
puede seguir en paz incluso cuando todo lo demás se detiene.
Es muy revelador-.
Al final, alguien apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.
-Bueno -dijo-. Parece que esta noche tendremos que hablar entre nosotros- pero nadie lo vio como una tragedia. Unos miraban a sus niños con mucho cariño mientras les acariciaban el cabello. Las parejas miraban el cielo sonrientes, mientras se abrazaron. Hubo quienes se tomaron de la mano y pasaron a la casa.
Pero en esencia, todos entendimos que aquella noche, solo había oscuridad, un cielo muy despejado, muchos pensamientos…Y nosotros.
La cuarta hora
Apagamos algunas velas que no necesitábamos ya. Alguien empezó a contar historias de cuando era niño y los apagones duraban días, así que todos estábamos afuera.
Los niños escuchaban como si fuera un cuento de otro siglo.
Una mujer dijo: —Tal vez mañana vuelva.
Otro respondió: —O tal vez no.
Nos reímos pero nadie discutió eso. Porque nuestra vida hace mucho que realmente dejó de depender de qué tan cómodos estábamos en uno u otro sitio.
Para esta hora, ya era momento de ir preparando a los niños para ir a dormir.
La quinta hora
Ya sin niños, la conversación cambió, pero no debido a cosas ocultas. Es más, ya no hablamos del apagón.
Hablamos de cosas pequeñas, de cuando una semilla que dábamos por muerta, nos brotó en el huerto. Hablamos de un viaje que quizá hagamos pronto a una ciudad cercana, en donde no hemos trabajado antes. También de una persona que conocimos hace semanas, en circunstancias extrañas.
La única vela que teníamos encendida en casa, se estaba consumiendo lentamente.
La noche no parecía una amenaza, parecía… una pausa.
La sexta hora
Alguien sugirió orar, pero de una manera que nunca planeamos. Y es que no fue un momento solemne.
Simplemente alguien dijo: —Ay, Padre, cuida a la gente que está asustada esta noche.
Nada más.
Eso nos acomodó bien a todos. Unos dijimos cuán cierta era esa sensación de que allá en la ciudad había sufrimiento. Otros sólo escuchaban. Y al final, uno más sugirió que pidiéramos revelación y calma para todos esos que, indefensos, estaban padeciendo la histeria colectiva.
Entonces, todos acordamos lo mismo, nos miramos y cerrando los ojos, oramos a Dios en un profundo silencio.
Ni una sola voz se escuchaba. Todo fue intimidad entre Dios y cada uno de nosotros.
Ahí me di cuenta -después de aquella oración-, que a veces la fe es solo recordar que no estamos solos en la oscuridad.
La séptima hora
Muchos ya habían ido a dormir también. Sólo quedamos muy pocos hablando tan profundo, y al mismo tiempo de tan pocos temas.
-¿Y si el mundo siempre fue así y solo hoy lo estamos viendo?- dijo una de nosotros.
La pregunta quedó flotando. Porque, de alguna manera, era verdad, y era muy loco pensarlo.
El mundo siempre fue oscuro por la noche, silencioso sin máquinas y diferente cuando las personas se miran a la cara.
Quizá lo extraño no era el apagón, quizá lo extraño era todo lo demás que sucede, cuando no podemos imaginar la vida sin electricidad… Y hemos hecho, que nuestra vida dependa totalmente de ella.
La madrugada
Algunos se quedaron dormidos en la sala. Hacía calor. Otros salieron al patio y acamparon ahí.
Yo pude ver que, sin luces de la ciudad, el cielo parecía más grande. Y las estrellas, que casi nunca vemos, seguían allí desde el primer minuto en que la luz se fue.
No me había dado cuenta de hace cuánto no platicaba con Dios, por tanto tiempo, viendo montañas y tantas maravillas más, en el manto nocturno.
Esa primer noche, profundizamos cómo es que, independientemente de cuánto dura un apagón grande -horas, días, semanas o meses-, hay aspectos que revelan algo que el sistema intenta ocultar:
Lo primero es que, la vida no depende realmente de cables, pantallas o redes. Sino de cosas mucho más antiguas, como una mesa entre hermanos, pan compartido, vecinos que llaman a la puerta, niños haciendo preguntas, personas que hablan con Dios en intimidad.
Y es que la electricidad puede volver mañana… O no. Pero incluso si tarda, la vida continúa.
Una última vela
Antes de dormir, cuando recién se fue la luz y habían pasado escasos dos minutos, alguien dijo algo a los niños que se quedaron tensos de la impresión para tranquilizarlos, y quedó en la memoria de todos:
“Tranquilos peques, que si la luz no vuelve, mañana seguiremos viviendo. Y si sí vuelve, también lo haremos.”
Porque más fuerte que no haya luz, puede ser nuestro miedo y nuestras ganas -irracionales- de que todo dependa de un sistema funcionando.
Pero la pregunta debería ser: ¿Qué pasa con tu vida y tu casa -que has anclado totalmente a cuando el sistema funciona- cuando precisamente deje de funcionar?
Sin embargo, ¿es este un llamado preparacionista a acumular luces, tijeras, lámparas, atún y papel higiénico? La verdad es que tampoco, porque hemos comprobado algo cierto: Nuestra vida no depende de las cosas que poseemos, sino de algo mucho más simple.
Depende de confiar en que Dios sigue cuidando nuestro mundo, nuestro hogar, nuestro cuerpo, a nuestros niños, nuestra comunidad, incluso cuando todo se apaga.
¿Amén?
Si quieres saber más sobre por qué vivimos así, y cómo se relaciona lo que Jesús enseñó con los eventos mundiales de ahora, y con salir urgentemente del Sistema….
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