Vivir y Viajar Ligero: ¿Es el Camino al Reino?

Hay cadenas que no suenan cuando caminas, pero están hechas de cosas “buenas”: seguridad, estabilidad, recuerdos, herencias, rutinas, planes, ropa que ya no usas pero aún mantienes guardada. Y es que, hay esclavitudes suaves, invisibles… cómodas. Pero que la escritura claramente plantean que siguen siendo
esclavitudes.

Jesús enseñó a sus discípulos a que “viajen livianos», pero no por estética, ni para que sus discípulos no se cansaran en el camino. Dijo «No lleven nada» porque cada objeto sin propósito es una piedra en el alma. Y en el Reino, las piedras no se coleccionan… se lanzan fuera.

Todo lo que no podemos soltar, nos tiene atrapados. Puede parecer nuestro, pero en realidad, nosotros le pertenecemos a eso. Lo que no puedes dejar, lo que no puedes entregar, lo que no puedes imaginar sin ti… es exactamente lo que ya se ha enredado en tu alma.

MENOS ES MÁS«, NO ES MINIMALISMO, ES CRISTIANO.

Todo lo que acumulas sin propósito termina siendo estorbo. Y todo lo que entregas en obediencia se convierte en semilla. Por eso, en algún momento empujó a sus seguidores a entender de qué trata verdaderamente la Fe, al enviarlos a hablar de qué trata verdaderamente el Reino. Y Jesús no fue ambiguo. Sino dijo: “No lleven ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas.” No como una sugerencia ascética, sino como una estrategia del Reino. Porque la fe no se entiende cuando todo está cubierto. La fe se enciende cuando lo único seguro es que Dios va contigo.

Pero y si todo sale mal, morimos de hambre o nos pasa lo peor – todos nos imaginamos que dijeron esos primeros enviados – ¿deberíamos tener un plan B? – Pero la realidad es que no dijeron eso, porque sabían que cada plan de respaldo, es una pequeña contradicción a la voz que dijo «Síganme». Si seguimos a Jesús, ¿puede faltarnos algo? (Salmos 23). Jesús sabía que si llevaban demasiado, no aprenderían a confiar en Dios (Mateo 6:25-33).

Porque Fe no es ir sin nada, sino saber que no necesitas nada cuando Él va contigo.

PONDRÁS TODO TU CORAZÓN, DONDE ESTÉ LO MÁS VALIOSO.

Jesús enseñó que nuestro corazón, estará dónde esté nuestra identidad y confianza: En el sistema o en Dios. Él dijo: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón.”. Porque mientras el sistema grita: “Guarda,
compra, asegura, multiplica», Jesús susurra: “Da, suelta, comparte, vive.”, y está en nosotros decidir qué es más valioso.

Jesús no solo predicó sobre el desapego, lo encarnó. No tuvo dónde recostar la cabeza, y aun así tenía todo lo que necesitaba. Jesús no sólo hablaba sobre propósito, comunidad, y un Reino que no podía oxidarse (Lucas 12:33), sino que Él era ejemplo de ello.

La acumulación es una ilusión de control. El minimalismo del Reino no es una estética, mucho menos es tener todo bajo control, es una guerra contra la esclavitud de las muchas posesiones.

Pero es que el problema no es tener cosas, sino que las cosas te tengan a ti.
Que no podamos soltar, que amemos a las cosas y usemos a las personas. Que
caigamos en la mentira de que la riqueza se mide en qué tantas cosas tienes, y digo mentira, porque nadie dice que ese pensamiento crea corazones que no pueden moverse porque están amarrados a lo que un día compraron.

Así que el problema no es tener cosas, porque todos tenemos cosas. Jesús tenía cosas, pero las cosas no podían tener a Jesús. Además de esta verdad, Jesús estaba firme, confiado y contento con lo que tenía para ese día. ¡Qué superpoder! En una sociedad tan insatisfecha con todo, estar contentos cualquiera que sea la
situación, parece un superpoder, cuando debería ser lo coherente.

Y no creo que Cristo, ni todos los primeros Cristianos, fuesen “conformistas” (otra palabra muy de moda para justificar una vida consumista), sino que vivían con los ojos puestos en que la vida del Reino no se puede guardar en bodegas. Se vive en la felicidad. En el «hoy», no en el “cuando tenga todo resuelto” ni en “quiero algo mejor que esto”. Dios no prometió poseer todo en el mundo, prometió pan para cada día. Y eso, aunque suene poco, de arranque ya es más que suficiente.

NO TENÍAS MUCHAS COSAS, PORQUE YA TENÍAN TODO.

Hechos 2:44-45 — “Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común. Vendían sus propiedades y posesiones, y compartían el dinero con aquellos en necesidad.”

Los primeros cristianos no eran coleccionistas de bendiciones, eran distribuidores de la gracia de Dios. Y cuando entiendes eso, es una santa locura lo que se ha intentado hacer hoy con el cristianismo. Pues cuando se inició, cuando se conocía lo que Jesús enseñó y se vivía con su mensaje, no tenían mentalidad de ahorro, sino de entrega. No pensaban en herencias, pensaban en compartir el pan.


No acumulaban porque ya habían encontrado el verdadero Tesoro (Mateo 6:19-21). Y cuando eso pasa en tu vida, ¿puede haber algo más qué poseer? Cuando tienes el Reino dentro, nada de lo de afuera se vuelve necesario.

Hechos no nos presenta una iglesia rica. Nos presenta una iglesia libre. Una comunidad que rompió con la lógica del mundo sin necesidad de hacer ruido. El libro de los Hechos habla de una revolución silenciosa. No hicieron protestas. No redactaron manifiestos. No fundaron imperios. Simplemente decidieron que “mío” ya no era parte de su vocabulario. Vendían lo que tenían para que nadie tuviera necesidad. ¿Te imaginas eso hoy?

Lo que hicieron no fue un experimento social. Fue una manifestación del Reino. Porque compartir lo que tienes es un acto de fe, pero también de adoración. Cuando das, proclamas que confías más en Dios que en tus ahorros. Cuando vendes algo para ayudar a otro, estás quemando tu altar privado y edificando el del Reino. Y es ahí donde todo cambia: la economía del cielo se activa cuando las manos se abren.

No eran pobres por necesidad. Eran radicalmente generosos por revelación. Porque entendieron una verdad que puede sacudir nuestro siglo: La vida no se mide por lo que retienes, sino por lo que te atreves a dar, porque menos, es más.

Ser discípulo, o Cristiano como también se les dice, no es sentarse en una banca, es ser enviado (Mateo 28:19-20). Y al enviado se le pide una sola cosa: confianza (Hebreos 11).

Jesús envió a los suyos con lo mínimo. No porque fuera una prueba de austeridad, sino porque como vimos, era una declaración de dependencia total. Si confías en Dios, no necesitas un plan B. Si llevas menos, corres más distancia. Si sueltas más, amas con más libertad y menos prejuicios.

Vivir liviano es mucho más que reducir posesiones. Es Cristianismo y Fe. Es una forma de declarar: “Confío tanto en Cristo, que puedo soltar todo lo demás.”, porque cuando el Reino gobierna nuestro corazón, la generosidad no es caridad: es obediencia a la voluntad amorosa, amable y abundante de Dios (Hechos 4:32-35).

Es ahí donde podemos dejar de pensar en poco. Como si Dios fuese mezquino o tacaño, como si en su creación no hubiese lo necesario ni alcanzara para todos. Es solo ahí donde podemos experimentar y ser testigos reales de que la renuncia no es pérdida, cuando se hace por Fe: es ganancia invisible.

No necesitas 30 pares de zapatos para caminar en las pisadas del Maestro. No necesitas una cuenta llena para poder vivir para Dios. Lo que necesitas es el fuego de un propósito eterno y la fe de un niño que cree que el cielo sí está por encima de la tierra.

No decimos que viajar ligero sea una estrategia. Decimos que es una forma de vivir con el alma despierta, con los ojos en lo invisible, y con los pies listos para moverse donde Él diga. Sin excusas. Sin miedo. Sin raíces.


Durante este mes, plantéate esto y reflexiona: ¿Estás dispuesto a compartir la mesa con los que no tienen cómo devolverte la invitación? ¿A quién podrías ayudar hoy con lo que pensabas guardar? ¿Estás dispuesto a obedecer aunque te incomode, aunque no entiendas, aunque pierdas algo?

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