Más que cenas románticas; Resurreción
Muchos matrimonios cristianos parecen no estar en crisis, pero tampoco están vivos. Ya sé, es algo bien extraño.
Pagan las cuentas. Son hospitalarios con quienes les rodean. No se gritan. No se engañan. Pero, ya tampoco se buscan con hambre. Se acostumbraron al agua tibia, a la convivencia funcional, al “estamos bien”… y dejaron de arder sin que se dieran cuenta.
Jesús no vino a que “todo funcione”. Vino a encender fuego. Ni siquiera vino a traer paz, sino espada (Mateo 10:34-36). Y el fuego de esa verdad, no vive de rutinas, vive de entrega diaria. Así que hoy queremos decirte que si tu matrimonio no está ardiendo, entonces se está apagando.
Espíritu vs hábito
El cerebro ama lo predecible. Se adapta a los hábitos para ahorrar energía, es decir, lo que ayer nos emocionaba, hoy nos aburre. Lo nuevo deja de ser nuevo, y dejamos de responder con entusiasmo. Pero eso, en el amor, puede ser letal.
El amor bíblico no se sostiene en estímulos, sino en decisiones conscientes que rompen la rutina para buscar el corazón del otro.
¿Cómo luce la desconexión?
Oran juntos pero no hay transformación, es decir, hay frases piadosas, pero no oran desde la herida que no ha sanado, el clamor de no darse por vencido y el quebranto de estar arrepentido.. La oración es un acto más que cumplir, porque se sabe que se debe,en lugar de verlo como parte fundamental de su construcción y acercamiento a Dios.
Luego, hay afecto físico, pero no profundidad emocional. Se pierde el asombro por el otro y la atracción se sustituye por hábito.
Funcionan pero no se sirven. Tienen decenas y cientos de metas, se organizan, el tiempo lo tienen contado, pero en casa no se lavan los pies, no se sirven uno al otro, no se cuidan, no se toman de la mano en las tareas diarias. Se olvidaron de que Jesús tomó la toalla también como mandato Cristiano en lo oculto, no en público.
Deciden juntos, pero no visionan juntos. Pagan cuentas, crían hijos, viajan, visitan otras casas, frecuentan amistades. Pero no se preguntan: ¿Qué quiere Dios con nosotros este año? ¿Dónde y cómo es nuestro llamado?
¿Por qué es importante considerar esto?
El vínculo real se forma solo cuando se habla desde la vulnerabilidad, no desde el guión. Por eso orar desde el dolor mutuo, une más que repetir frases religiosas. Además, cuando estamos bajo estrés o en situaciones demandantes (como estar ocupados, tener que hacer muchas cosas, o estar constantemente en modo «productividad»), el cuerpo está preparado para «actuar», pero no necesariamente para conectarse emocionalmente con los demás. Por otro lado, cuando necesitamos conexión emocional profunda, el cuerpo necesita estar en un estado más relajado,.Este estado de relajación nos permite sentirnos seguros y abiertos a las relaciones profundas, porque podemos escuchar, entender y conectar de manera genuina. Súmale a eso que Sin imaginar, sin soñar, el matrimonio se vuelve como un Excel compartido, como solamente beber del mismo vaso. Y el Reino requiere que busquemos la capacidad de soñar, visualizar y actuar con una visión Cristiana, no solo con una mentalidad práctica o estructurada. Es decir, es ver más allá de lo que se tiene o de lo que se puede lograr si rendimos nuestro hogar a Dios, buscando lo que Dios quiere hacer en y a través de nuestra vida, sobre todo en el matrimonio.

Relación viva y obediente a Dios
Se confronta en verdad, no solo en amabilidad. El amor verdadero no solo consuela; también despierta. No es amor callar lo que el otro necesita oír, solo para evitar tensión. Eso es comodidad disfrazada de cortesía. Y Jesús amaba con ternura, sí… pero también miraba a los ojos y decía: “Arrepiéntete, ¡eso te hace daño!”. Por ello es importante saber que un matrimonio donde se calla la verdad para evitar conflicto, es un matrimonio que prefiere la paz superficial antes que una vida Cristiana compartida.
Corten lo que ya no da vida. La rutina sin dirección espiritual adormece el alma. Muchas cosas “normales” —ver series, revisar redes, hablar solo de los hijos o de ustedes— son hábitos muertos que no están mal, pero tampoco ayudan a pensar en qué pasa con el otro. Ahí el cerebro se vuelve insensible, porque todo es repetido. Lo que una vez fue valioso, ahora se hace sin pensar. Y el Espíritu no habita en la automatización. Habita en el hambre de encontrar el propósito del por qué estamos juntos en esta tierra.
Vivan incómodos por amor, hasta que entiendan de qué trata la vida Cristiana. Entiendo que suena raro, pero lo que quiero decir es que el amor mutuo, si no se vuelve sacrificio diario, se transforma en “trato justo”. Y el matrimonio es más que un trato. Es amar sin recibir. Servir sin quejarse. Perdonar antes de que te lo pidan.
Oren con guerra. Oren al estilo de Jesús, pidiendo la voluntad de Dios cualquiera que esta sea, sin importar que duela, que no sea lo que quieren o lo que sueñan. Muchos matrimonios oran… pero no son escuchados, porque suelen hablar pero no escucharse. Y clamar por cosas, por cientos de cosas, pero no por entender correctamente cómo obedecer a Dios. Y así, sin querer, convierten la oración en decoración espiritual. La oración superficial no transforma nada. Solo lo que nace en el quebrantamiento, nos acerca a Dios.
Confiesen pecados verdaderos. Esto es fácil. No errores. Pecados. No maquillaje. Ruptura real. Muchos matrimonios confiesan cosas por encima: “me equivoqué”, “no te escuché”, “estoy distraído”. Pero no sacan lo real: Idolatría a la comodidad y al dinero, deseo de fama y vanidades, comparación con otros, falta de pasión por Dios o nula convicción y orgullo camuflado de “carácter”, por ejemplo.
Y en este momento de la historia, es urgente entender que un matrimonio sin confesión es una casa sin ventanas. La luz no entra donde hay apariencia.
Arriesguen juntos. La comodidad nunca transformó a nadie y la fe siempre arriesga. Es fácil vivir en modo seguro: estabilidad, cuentas pagadas, hijos “con modales bien”, iglesia cada domingo. Pero el Reino no avanza con eso. Todo eso es una mentira cómoda de un sistema que se beneficia de nuestro desconocimiento de cuál es la verdadera voluntad de Dios.. Así que avancen con riesgo. “¿Qué decisión radical hemos evitado por miedo?”, pregúntense y enfóquense en saber qué enseñó específicamente Cristo, porque sólo eso nos hace Cristianos (Juan 8:31-32 / Juan 1:12).
Rompan la rutina y enciendan una conexión inquebrantable.
No necesita un reset emocional. Necesita algo más que eso, necesita una revolución espiritual.
Porque cuando el amor ya no duele ni reta, el cerebro entra en piloto automático. Se pierde el asombro, porque la mente humana deja de invertir energía en lo que da por seguro. Y ningún vínculo sobrevive donde ya no hay atención ni vulnerabilidad.
El verdadero peligro no es la discusión. Es el desapego emocional disfrazado de estabilidad. El amor bíblico requiere presencia emocional. Y la presencia emocional no sobrevive sin sacrificio.
Y aquí es donde el sentido común sobre el apego nos golpea fuerte: cuando dejamos de buscar al otro, cuando no nos mostramos emocionalmente y dejamos de construir “presencia segura”, el cuerpo lo interpreta como abandono… aunque sigamos durmiendo en la misma cama.
Es decir: Tu matrimonio necesita una revolución de cuando oro contigo desde mi dolor, no desde mi costumbre. Cuando te sirvo en lo cotidiano, no para cumplir, sino para amar. Cuando te hablo desde el alma, no desde el deber.
Así que si quieren un matrimonio vivo, entonces tienen que dejar de buscar comodidad y comenzar a buscar coherencia espiritual y emocional,porque Lo que no se confronta, se conserva. Y lo que se conserva sin propósito, se enfría.
Pues si al final no están peleando por lo eterno, terminarán sobreviviendo por lo funcional. Y como dijimos antes, eso no es vida. Es desgaste lento con apariencia de estabilidad. Es, en el peor de los casos, sólo vivir juntos… pero sin presencia. Sin propósito. Sin fuego.
