Cuando Corregir se convierte en Herida: El error más común

Muchas veces, como padres, nos encontramos reaccionando más que educando. Inexpertos, cansados, llenos de miedo, con heridas sin sanar de nuestra propia infancia, y a veces con el corazón apretado por la prisa o el enojo, terminamos corrigiendo desde un lugar equivocado: desde la frustración, el dolor o la necesidad de controlar.

Y es algo que siempre puede cambiar.

Porque disciplina no se trata de descargar, sino de formar. Y para poder formar, necesitamos visión. Una visión que nos permita mirar más allá del berrinche de hoy o del mal comportamiento de esta semana. Una visión que nos recuerde que estamos cultivando almas, no simplemente corrigiendo conductas. Porque sin visión, cada grito parece una reacción “justificada”. Pero con visión, cada oportunidad de corrección, abre una puerta hacia el corazón de nuestros hijos. ¿Queremos entrar o dañarla?

Cuando tenemos esa visión, no gritamos por costumbre. Nos detenemos. Nos hacemos preguntas:

– ¿Estoy siendo demasiado duro?

– ¿Le dolerá si le digo esto?

– ¿Realmente quiero que mi hijo crea que es un inútil… o que se sienta avergonzado de quién es?

Cuando corregimos con una visión clara, también sembramos frutos. Ya no se trata de que solo se porten bien, sino de enseñarle a comprender, a reconocer sus emociones, a asumir responsabilidad y, sobre todo, a crecer sabiendo que estamos llamados a compartir el amor de Dios.

Pregúntate siempre: ¿Qué pasaría si Dios me tuviera la misma paciencia que yo le tengo a mis hijos? ¿O la misma crianza conmigo? ¿Me gustaría que Dios me avergüence en lugar de enseñarme lo que tengo que aprender en cada oportunidad de la vida?

Entonces, antes de corregir, imaginemos:

¿Lo que le estoy diciendo hoy… será una herida que cargue en silencio? ¿O será una palabra que lo abrace en los días difíciles?

No necesitan padres perfectos

Todos nos sentimos horrible cuando recordamos todas esas veces que hemos perdido la buena batalla y se nos ha olvidado el amor. Pero algo importante que debes saber, es que solo sentirlo, sin cambiarlo, es una carga que va a empeorarlo.

Nuestros hijos no necesitan padres que nunca se hayan equivocado. Todo lo contrario. Porque ellos también se equivocan, ¡y se equivocarán! Lo que ellos necesitan ver y sentir son padres que se dejen transformar, que se renueven, acepten su error, pidan perdón y reparen lo roto.

Porque como padres, también fuimos niños, y ese pasado también definió parte importante de quién somos hoy, sin embargo, para bien o para mal, el llamado de Dios para nosotros, es que esas imperfecciones rasposas que dejaron nuestros padres en nosotros, no lastime a nuestros hijos ahora. En nosotros puede repetirse la historia, o puede empezar todo de nuevo.

¿Qué queremos para nuestra familia?

El poder de hacer las cosas distintas está justo en este momento. Al finalizar el artículo, podrías ser una nueva persona, con nuevos intereses y con ganas de comenzar de nuevo. Porque la disciplina no es el problema, de hecho como dice la escritura: “El que detiene el castigo, odia a su hijo; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24). Entonces el problema no es corregirlo, sino cómo y para qué, y eso se desprende de si queremos repetir patrones o constuir una nueva vida para nosotros y para nuestros hijos.

La buena noticia es que hoy, quizás por primera vez o quizás después de muchos intentos, tienes en tus manos una llave: la oportunidad de criar con propósito, y no con impulso. De mirar a tus hijos no como una extensión de tus errores, sino como el milagro vivo que Dios te confió para formar, guiar y amar.

Así que aquí van algunos pasos sencillos pero poderosos que puedes poner en práctica:

Pausa antes de reaccionar

El que se apresura a ira, terminará arrepentido. No es un secreto. La justicia, aquella que proviene de Dios, no obra bajo nuestra reacción iracunda. Por tanto debemos corregir desde la calma, desde la visión de qué necesitan aprender nuestros hijos en ese momento.

Corrige calmado

No te voy a decir que cuentes hasta diez porque eso no funciona. Si sigo enojado después de 10 segundos, mi irá a los 15 segundos se volcará sobre mis hijos. Pero la idea con esto es, pausa para ver dónde te está abriendo la puerta a su corazón e intenta entrar. Así escucharás mejor.

Habla al corazón

No se trata de hablarle al comportamiento – No hay necesidad de gritarle que es un niño mentiroso – sino de compartirle por qué para ti no sirven las mentiras, o contarle algunas experiencias que hayas tenido al mentir, a manera de consejo, por ejemplo. Pero la idea es, no darle vueltas al comportamiento, sino ir directo a la persona que tuvo ese comportamiento. Eso le quitará carga a la situación.

Pide perdón

Pedir perdón a nuestros hijos no nos debilita. Al contrario, nos humaniza, nos acerca, y nos convierte en modelos reales de humildad y transformación. Cuando reconocemos que nos equivocamos –que gritamos, que fuimos injustos, que hablamos desde la herida y no desde el amor– abrimos un espacio sagrado donde nuestros hijos pueden ver que el perdón no es un discurso, sino una práctica de vida.

Y aunque nos cueste, es justamente ese gesto el que les enseña que equivocarse no es el fin del mundo, sino una oportunidad de cambiar. Les mostramos que el amor no se basa en hacerlo todo perfecto, sino en regresar, reparar y comenzar de nuevo.

Forma una comunidad

Tu hogar es más que un espacio físico: es una comunidad espiritual en formación. En él se siembran las semillas de la fe, la identidad y el propósito, o las semillas del sistema. Y como toda comunidad, necesita reglas, sí, pero también necesita gracia, ternura, paciencia pero sobre todo un propósito en común.

Crear una comunidad en casa según el modelo de Cristo significa que nuestros hijos no solo deben portarse bien, sino sentirse amados incondicionalmente, aun cuando fallan. Significa enseñarles que la verdad es importante, por supuesto que sí, pero también lo es la misericordia. Que hay consecuencias, sin duda alguna, pero también restauración.

Los niños aprenden mejor cuando se sienten seguros, conectados emocionalmente y comprendidos. Un cerebro infantil bajo estrés constante, gritos o rechazo, no puede aprender ni desarrollarse sanamente. En cambio, cuando se cría con firmeza y calidez, con límites claros pero con amor presente, ese niño crece con raíces profundas y alas fuertes.

Una comunidad cristiana en casa, no se trata solo de controlar conductas, sino de formar corazones. Y para eso, la paciencia no es opcional; es el lenguaje del amor maduro. Quizás un hogar que intente esto será imperfecto, pero la idea es ser un hogar lleno de oportunidades para modelar perdón, humildad, verdad y compasión. Un lugar donde nuestros hijos aprendan que están a salvo, aun cuando se equivoquen. Porque si la disciplina corrige, pero no restaura, y rompe almas, no refleja el corazón del Padre.

Imagina al adulto

La crianza, en su esencia, es un acto de visión. Como dijimos a lo largo del artículo, no solo se trata únicamente de corregir los comportamientos momentáneos, sino de formar el corazón y carácter de la persona que ese niño será mañana. Cada palabra, cada límite, cada gesto de amor o de corrección, es una semilla que dará fruto en su adultez.

¿Quién quieres que sea tu hijo cuando enfrente el mundo? ¿Estás formando a alguien con alas para resistir los vientos más duros y con luz para alumbrar en la más densa obscuridad… o a alguien que tendrá que pasar años sanando, porque fue criado bajo la sombra de frases como: “yo soy así y no voy a cambiar, porque así me criaron a mí”?

Criar con visión es educar con propósito. Es mirar más allá del momento y pensar: “¿Qué clase de ser humano estoy formando?” Es romper con patrones heredados cuando estos ya no reflejan el corazón de Dios. Tal vez a ti te criaron con dureza y “te funcionó”… pero si ese método dejó cicatrices en tu alma, no lo repitas con orgullo o o por comodidad.

El amor no se justifica con frases hechas; el amor se transforma cuando se encuentra con la verdad de lo que Cristo enseñó.

Tener visión, es criar con los ojos puestos en el propósito que Dios tiene para tus hijos. Es formar un alma segura, libre, aventurera, compasiva, fuerte, y quizás no perfecta… pero sí profundamente amada. Porque el día que salgan al mundo, no llevarán nuestras palabras, llevarán lo que esa manera de disciplinarlos construyó en su interior y cómo los hicimos sentir cuando más nos necesitaban.

Así que cría con visión, ama con intención… y deja en ellos una huella que el mundo no pueda borrar.

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